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Del asfalto a la siembra: venezolanos repueblan el campo ibérico

Cuando la arepa llega al campo, florece la comunidad.

Familia venezolana caminando por un pueblo rural ibérico al amanecer, con huerto y montaña de fondo
Una familia veneca echando raíces en la España rural.

¿Te imaginas escuchar un “buenos días, vecino” con acento caraqueño en una aldea de 300 habitantes? Ya está pasando: familias venezolanas están mudando sus sueños del asfalto a la siembra en España y Portugal.

Lo que está pasando

En los últimos dos años (2024–2025), varias comunidades rurales de Galicia, Castilla y León, Aragón y el norte de Portugal han visto llegar a venezolanos con ganas de trabajo, paz y tierra. No es una ola masiva, pero sí constante: parejas jóvenes y familias que abren panaderías, pequeños huertos, areperas artesanales de fin de semana, y hasta talleres de oficios.

El campo ofrece algo que la ciudad encarece: tiempo, vivienda más accesible y espacio para emprender. Muchos combinan teletrabajo con actividades locales, reactivando plazas, escuelas y mercados. El acento veneco ya acompaña romerías, ferias y vendimias.

Por qué importa para la diáspora

Esta movida abre oportunidades reales: costos de vida más bajos, menos estrés y vínculos comunitarios fuertes. Para quienes llegaron a la península por las capitales, el giro rural significa estabilidad y arraigo, con la arepa y el sancocho como puente cultural.

También hay retos que no se maquillan: homologaciones profesionales que toman tiempo, transporte limitado, clima duro en invierno y trámites que exigen paciencia. Aun así, la balanza emocional se inclina a favor cuando hay vecindad, trabajo digno y escuela cerca.

Cómo lo están logrando

La clave ha sido tejer redes: grupos vecinales, cooperativas agroecológicas, mercados de productores y parroquias que conectan a recién llegados con alquileres, oficios y cursos locales. La diáspora ha sumado lo suyo con trueques, arepazos solidarios y cadenas de WhatsApp que informan sobre viviendas y oportunidades temporales.

“No vinimos a resistir: vinimos a sembrar futuro. El campo te pide manos, y nosotros tenemos ganas”, comparte una emprendedora venezolana en la España rural.

Historias que inspiran

Un maestro panadero de Maracay que reabrió el horno de un pueblo gallego; una ingeniera de Guarenas que ahora coordina rutas de turismo de naturaleza; una familia de Barquisimeto que montó un pequeño invernadero y entrega arepas de maíz cariaco los sábados. Distintas herramientas, mismo pulso: trabajo, constancia y mucha empatía.

En aldeas de Tras-os-Montes, en Portugal, también suenan los cuatro golpes: jóvenes venecos han tomado fincas pequeñas, aprendiendo viticultura y conservas. La integración pasa por el saludo, por llegar temprano y por cumplir la palabra: códigos que nuestras abuelas ya nos enseñaron.

Retos sobre la mesa

La conectividad digital sigue siendo desigual y puede complicar el teletrabajo. Hay temporadas de empleo estacional y picos de demanda que exigen ahorro y organización. La salud y la educación dependen del tamaño del municipio, y moverse sin coche es difícil en muchos parajes.

La buena noticia: cuando la comunidad empuja, el camino se hace menos cuesta arriba. Tanto ayuntamientos como vecinos suelen valorar a quien suma y se queda, y en eso el sello venezolano tiene ventaja: hospitalidad y ganas de echar para adelante.

Oportunidad veneca

Más que tendencia, esto es una puerta abierta a reconectar con lo esencial: tierra, familia, oficio y comunidad. No todos querrán –o podrán– dar el salto, pero conocer estas historias ensancha el mapa de posibilidades para la diáspora.

Cuentan que donde llega una arepa, nace una conversación. En Veneco queremos escuchar la tuya: si estás sembrando en el campo ibérico o sueñas con hacerlo, comparte tu experiencia. Juntos, seguimos cosechando identidad, apoyo y futuro.

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