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El cuatro cruza fronteras: talleres venezolanos que integran y sanan

Cuando suena el cuatro, la diáspora se reconoce y florece.

Venezolanos tocando cuatro en una plaza, familias reunidas con banderas
Taller comunitario de cuatro en la diáspora

¿Qué tienen en común un aula en Madrid y una plaza en Santiago? El mismo pulso del cuatro. A comienzos de 2026, familias y músicos venezolanos están llevando talleres de música criolla a escuelas, centros comunitarios y parques en varias ciudades del mundo, sembrando identidad y abriendo nuevas oportunidades.

¿Qué está pasando?

En grupos de WhatsApp, centros culturales y hasta en areperas con espíritu de barrio, venezolanos están organizando encuentros gratuitos o de aporte solidario para enseñar cuatro, maracas y cantos tradicionales. Son sesiones de 60 a 90 minutos, pensadas para niños y adultos, donde lo importante no es el virtuosismo, sino el encuentro.

Se repiten escenas parecidas en Buenos Aires, Ciudad de México, Miami, Santiago, Medellín y Madrid: un facilitador con su cuatro, familias con ganas de aprender y un repertorio que va del pajarillo a los golpes larenses. La música se convierte en puente: entre generaciones, entre culturas y entre quienes acaban de llegar y quienes ya se sienten de casa.

¿Por qué importa para la diáspora?

La diáspora venezolana supera los millones y, en ese movimiento, la cultura es ancla y motor. Estos talleres ayudan a los más pequeños a mantener el idioma y las raíces, y a los adultos a reconstruir red: ese tejido de confianza que abre puertas a empleo, estudio y compañía en momentos duros.

Donde se prenden cuatro cuerdas, se junta la familia.

Además, la música criolla cautiva a vecinos y compañeros de clase. Cuando la ciudad escucha nuestro ritmo, la integración se acelera: se rompen estereotipos, se generan invitaciones y nacen colaboraciones con colegios, bibliotecas y ferias barriales.

Oportunidad que nace de la cultura

Lo que arranca como gesto voluntario puede crecer en propuestas formativas, presentaciones pagadas o alianzas con instituciones. No es una promesa ni una receta, pero sí un camino real: cuando la comunidad confía, aparecen espacios, equipos prestados y manos que se suman.

Cómo se organizan

La logística es sencilla y potente: un lugar seguro, un horario fijo y roles claros. El kit básico incluye un cuatro, maracas caseras (botellas con arroz) y letras impresas. Rotar facilitadores evita el desgaste, y documentar con fotos (respetando permisos) ayuda a invitar a más gente sin perder el objetivo comunitario.

En ciudades con clima frío, las bibliotecas y centros comunitarios suelen prestar salas por horas; en climas templados, las plazas funcionan si el sonido es respetuoso. Un pequeño fondo solidario —transparentado desde el día uno— cubre cuerdas, transporte y meriendas compartidas.

Consejos prácticos para sumar sin gastar

Si tienes poco tiempo, ofrece una hora al mes para afinar y enseñar tres acordes base. Si no tocas, apoya con logística: imprimir cancioneros, registrar asistencia, cuidar a los niños o preparar una limonada. Y si eres nuevo, llega con ganas: aquí nadie examina, todos acompañan.

Lo que viene

Este inicio de 2026 trae más ganas de juntarnos que nunca. Donde haya un cuatro, habrá conversación; donde haya conversación, habrá oportunidades. La música no resuelve todo, pero nos recuerda que seguimos siendo nosotros, incluso lejos.

Cierre Veneco: Si en tu ciudad ya existe un taller, cuéntanos dónde y cómo se organizan. Si aún no, comparte esta nota con tu grupo local y propongan la primera fecha. Entre todos afinamos el país que llevamos por dentro.

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