Guarderías culturales venecas: redes que crían a distancia
Cuando la diáspora cría en equipo: identidad que se cocina a fuego lento.
¿Tu hijo dice "cotufa" o "palomitas"? Mientras millones de venezolanos siguen echando raíces fuera, está brotando algo poderoso y tierno a la vez: "guarderías culturales" autogestionadas que, entre arepas, cuentos y videollamadas con los abuelos, están cuidando el acento, la música y la memoria familiar a miles de kilómetros.
Qué está pasando
En plazas, centros comunitarios y salas virtuales, venezolanos en ciudades como Madrid, Buenos Aires, Santiago, Bogotá, Ciudad de México y Miami están montando encuentros periódicos para niñas y niños con sabor criollo: rondas, juegos, gaitas, décimas, cuentos de abuelos y talleres de arepa y papelón.
Con una diáspora que supera los 7 millones de personas según la plataforma R4V (Refugiados y Migrantes de Venezuela), estas redes nacen del instinto de pertenencia y del deseo de que las nuevas generaciones no pierdan el hilo del arraigo. Ver cifras y contexto en R4V: r4v.info.
Cómo funcionan
La fórmula es sencilla y poderosa: madres, padres, tías, padrinos y panas organizan micro-encuentros semanales o quincenales. Un grupo se encarga de los juegos tradicionales; otro, de cocinar una receta fácil (arepitas dulces, catalinas, quesillo); alguien trae el cuatro; y casi siempre hay una tableta abierta con los abuelos en videollamada para contar una anécdota o enseñar un refrán.
Hay versiones presenciales en parques y centros culturales, y versiones 100% virtuales para familias dispersas por husos horarios. La participación es voluntaria y colaborativa; cada quien aporta lo que puede: tiempo, cuento, receta o instrumento. La disponibilidad y formatos varían según la ciudad y el grupo.
“Donde haya un cuatro, hay hogar.”
¿Por qué importa?
Más allá de lo lindo, estas redes construyen capital social. Los niños ganan vocabulario, confianza y sentido de pertenencia; los adultos encuentran apoyo emocional, trueque de saberes y, a veces, oportunidades laborales (clases de música, catering, animación cultural). También sirven de puente con las escuelas locales, que suelen celebrar la diversidad cuando llega bien contada.
En la práctica, una ronda infantil puede convertirse en un hilo de vida: una mamá recién llegada encuentra con quién dejar al bebé por una entrevista; un papá consigue un contacto para homologar su título; un abuelo aprende a usar videollamadas para ser parte del cuento noche a noche.
Pistas prácticas (sin perder la prudencia)
- Busca en tu ciudad palabras clave como “venezolanos + juegos tradicionales”, “cuatro venezolano + taller” o “rondas infantiles venezolanas”. Plataformas comunes: grupos vecinales, centros culturales municipales y chats comunitarios.
- Si armas uno: define un horario simple, rotación de tareas y un código de cuidado (respeto, puntualidad y cero proselitismo). Empieza pequeño, mide el ánimo y crece a tu ritmo. Los horarios, sedes y normas suelen cambiar: verifica siempre con los organizadores antes de asistir.
- Si estás lejos de otros venecos: una videollamada semanal con abuelos o padrinos funciona como “guardería cultural portátil”: canta una gaita corta, cuenta un mito del Ávila, comparte una receta de familia. La constancia hace magia.
Lo que sigue
Esta ola es orgánica, diversa y, sobre todo, nuestra. No hay una sola forma correcta: hay ganas, corazones sincronizados y un cuatro que viaja por el cable. Cada ronda, cada arepa chiquita, cada cuento de abuela es una estaca que afirma identidad y abre oportunidades.
En Veneco queremos mapear estas guarderías culturales y amplificar su impacto. ¿Tienes una en tu ciudad o sueñas con iniciar una? Cuéntanos tu historia, comparte una foto (sin rostros de niños, por seguridad) y deja tus aprendizajes. Entre todos, seguimos armando hogar donde estemos.