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Hallacas sin fronteras: la red global que convirtió diciembre en abrazo

Una tendencia que une cocinas y ciudades: hallacas, videollamadas y solidaridad.

Manos diversas armando hallacas sobre una mesa con hojas de plátano y guiso
Diciembre en la diáspora, con sabor a hogar.

¿Una hallaca en Tokio y otra en Barinas, armadas al mismo tiempo por videollamada? Está pasando: la diáspora venezolana está tejiendo diciembre con guiso, hojas y pantallas encendidas.

Un diciembre tejido con videollamadas y ollas grandes

Desde comienzos de noviembre, grupos de venezolanos en ciudades tan distintas como Madrid, Buenos Aires, Bogotá, Miami y Lisboa han empezado a coordinar “armaderas” simultáneas de hallacas. No es un club formal ni una organización única, sino una red espontánea: familias, panas del trabajo, vecinos y comunidades parroquiales que prenden la cámara, reparten tareas y convierten la nostalgia en acción.

La gracia no es solo cocinar. Es mirar la mesa de otro país y reconocerse en el mismo ritual: hojas de plátano, la soga, el guiso contando historias, y la primera mordida que sabe a infancia. Todo con ese playlist que nos devuelve a casa.

¿Cómo funciona esta red casera y poderosa?

La dinámica se arma por chats o grupos de mensajería. Cada sede prepara lo suyo: uno amasa, otro corta adornos, otro controla el punto del guiso. Se acuerda una hora común —aunque haya husos diferentes— y se abre la videollamada. Algunos ponen una cámara sobre la mesa para enseñar técnicas y otros solo entran a brindar.

Solidaridad local en cada ciudad

Muchos grupos deciden destinar parte del lote a causas cercanas: raciones para refugios, migrantes recién llegados o bancos de alimentos del barrio. No hay una fórmula única ni cifras oficiales; cada comunidad define a quién apoyar, según su realidad y capacidad.

“La hallaca me devolvió el apellido. En la mesa, con gente que conocí hace meses, sentí que otra vez tenía familia y futuro”.

¿Dónde está ocurriendo?

Se reportan encuentros en barrios latinos de grandes capitales y también en ciudades pequeñas con pocos venezolanos. Hay testimonios de grupos en Canadá y Australia que cuadran horarios extremos para coincidir con América. No hay registro central ni convocatoria masiva: es boca a boca, es comunidad.

Oportunidad real: identidad, redes y puerta a lo laboral

Más allá del sabor, estas armaderas abren puertas. Entre arepas de bienvenida y bandejas de hallacas, aparecen recomendaciones de trabajo, contactos de proveedores, datos de vivienda y apoyo emocional. La integración con vecinos locales es clave: muchos terminan descubriendo nuestra cocina y, de paso, nuestra historia.

Tips para organizar la tuya

  • Seguridad: evita publicar direcciones en abierto; comparte detalles por privado con gente de confianza.
  • Salud: manipula alimentos con higiene y conserva adecuadamente; cuida alergias e ingredientes sensibles.
  • Ritual: acuerda roles (guiso, masa, hojas) y una lista de compras para repartir costos con claridad.
  • Puente cultural: invita a vecinos y colegas; una hallaca explica mejor que mil palabras quiénes somos.

¿Y si estás lejos de otros venezolanos?

No te quedes por fuera: arma un microlote en casa y conecta por video con amigos en otros países. Puedes intercambiar porciones con un vecino, donar a un comedor o congelar para una cena comunitaria. Lo importante es sostener el hilo invisible que nos une.

Por qué importa

En tiempos de distancia, la hallaca es tecnología ancestral: empaqueta memoria, identidad y futuro. Este tejido de cocinas y pantallas muestra que la diáspora no solo sobrevive: se organiza, se apoya y transforma ciudades con sabor venezolano.

Cerramos con una invitación Veneco: cuéntanos dónde la estás armando, comparte tu foto y el nombre de tu ciudad. Que el mundo se entere de que, donde haya una hallaca, hay familia.

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